El ikigai es una palabra japonesa que significa: el sentido de la vida o aquello por lo que merece la pena vivir. Hay un lugar del planeta paradisíaco donde los ancianos son más viejos que en ninguna otra parte. De ahí que este lugar sea conocido en las antiguas leyendas chinas como la – la tierra de los inmortales-. Me refiero a Okinawa, una isla japonesa en el mar Oriental de China perteneciente al archipiélago de Ryukyu.

Allí, en la isla de los centenarios, las personas suelen mantenerse en una buena forma extraordinaria y disfrutan de su existencia a pesar de la vejez. Los octogenarios llevan una vida más propia de los que tienen treinta años menos. Los nonagenarios y centenarios van de excursión en bicicleta de montaña o en motocicleta, muchos de ellos suelen bailar, practican tai chi o incluso karate y participan además en otras actividades comunitarias. En general, los habitantes de esta isla son muy conscientes de su ikigai y saben el papel tan importante que desempeña en sus vidas.

Encontrar el ikigai es como conectar con la fuente divina, es acercarte a tu esencia, a tu misión en este hermoso y complejo mundo, a veces. Es encontrar una guía para continuar el viaje con ilusión y pasión. Es darte cuenta de que la vida es mucho más de lo que te han contado, saber que es posible ser feliz por ti misma/o sin necesidad de que te apoye nadie porque lo tienes claro.

Una vez que te encuentras y reconcilias con quien eres te vuelves invencible, imparable, eres consciente de la verdad. Relativizas porque sabes que la vida solo es un pedacito de esta existencia hecho para realizarte como persona y por eso cuando encuentras tu razón de ser, te vuelves dichoso y en el camino van apareciendo oportunidades y personas que te ayudan y te van mostrando el camino a seguir si estas abierto a esta experiencia.

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Cuando era más joven me encontraba perdida, mi mochila iba cargada de muchas ideas, pensamientos y juicios que había escuchado desde que tengo uso de razón. Ese manual de instrucciones muchas veces incomprensible para mí, determinaba mis pasos y acciones, pero no me acercaban a mi felicidad, ni a mi bienestar. Solo cuando poco a poco empecé a escucharme a mi misma y a seguir mi intuición comencé la aventura de conectar con lo más profundo de mi ser. Vamos cargados con muchas historias que no nos pertenecen y nos condicionan, nos dicen como vivir, que es bueno, malo o correcto, según los estándares de la sociedad, la edad, status, etc.

Sin embargo, en muchas ocasiones esto solo nos hace perdernos de nosotros mismos y dar vueltas en muchas direcciones, ese mapa del deber ser, nos achica porque no cumplimos con las expectativas que nos han impuesto y nos sentimos desdichados sin razón alguna porque no hay nada más valioso que seguir lo que llevamos dentro de nuestro corazón pese a quien pese.

El ikigai o nuestra razón de ser, nos conecta con nuestras cualidades innatas y nos libera de la especulación y la banalidad. Nos lleva de la mano hacia nuestra esencia divina y enciende una antorcha de luz en medio de la oscuridad para recordarnos que solo seremos libres y auténticos si seguimos nuestra voz interna.

Rumi lo describe muy bien:

“Déjate seducir por la extraña sensación de lo que amas. No te desviara del camino”

Próximamente recibirás un video con más información acerca del curso que estoy preparando para principios del año que viene, sobre el ikigai y tu razón de ser. Mientras tanto te dejo un enlace para que puedas tener más datos.

 Recuerda, sólo tú puedes encontrar la paz dentro de ti.

Comentarios

  • Avatar Carlos dice:

    …esta vida nos ofrece demasiado ruido para escucharnos a nosotros mismos y la mayoría de las veces que nos conseguimos oír quien habla es nuestro ego, buscar el equilibrio no es nada fácil pero seguir en esa búsqueda al menos nos acerca a él… hay que ser valiente para vivir según nuestro criterio

    ENHORABUENA gran post!!

  • Avatar Alberto Martin dice:

    Imaginate que después de bautizaron, es decir, aceptar la paternidad de Dios, una llama apareció el la vela de tu existencia.
    Tu eres la vela, su luz. Lo que entregas a los demás.
    Y así iluminas a todos lo de tu alrededor para que vean. No para que sepan que estás ahí, sino para que vean.
    Bueno cuan ya eres mayor, cuando sólo parece que para nada sirves… Mantén encendida tu vela, aunque apenas tengas cera, porque siempre seras luz para los demás… Hasta que finalmente se apague.

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